Inesperado por demás tomar parte aquella tarde del viernes 2 de octubre del pasado año, en un sinigual encuentro que despertaría gran inquietud ante el presente en el que vivimos.

 

Me encontraba de visita en el Museo del Banco de la República, durante mi estancia en Bogotá, donde asistí para apreciar la muestra "Nada está donde se cree", que incluía la propuesta artística de Graciela Sacco. De pronto escuché una voz de paz sin pensar que se dirigía a mi persona, mientras contemplaba las paredes intervenidas con rostros como parte de la exposición citada, hasta percatarme que en efecto eran conmigo las palabras que escuchaba.

 

Con agrado éstas invitaban a formar parte esa misma tarde de un evento en espacios del museo, con decidido mensaje acerca de lo que sería una experiencia artística en conjunto frente a la violencia planteada hoy día. Alcancé a expresar que con gusto pasaría luego de recorrer la muestra objeto de mi presencia allí. Concluído el recorrido de las salas de exhibición y viendo que el reloj marcaba más de las cinco post merídiem, apuré el paso y bajé de inmediato para llegar al espacio donde tendría lugar el encuentro.

 

En virtud de la hora, el museo estaba vacío y algo a oscuras, tocando caminar de prisa hacia donde la anfitriona había indicado, llegando a un espacio de oficinas en el que distinguí a un buen número de personas. Allí busqué a la cordial invitante, saludando a viva voz y presentándome ante los asitentes, entre quienes había una niña de aproximadamente seis años que llamó mi atención.

 

Una gran mesa central dominaba el lugar y allí pasamos a sentarnos todos alrededor, para dar inicio a una experiencia que en lo personal resultaba de interés, sin saber aun hasta el momento su contenido. Catorce personas a primera vista muy diferentes, procedimos a presentarnos en voz alta, uno a uno y siguiendo el sentido horario, atendiendo indicaciones de nuestra anfitriona. Seguidamente nos fueron impartidas instrucciones de la actividad a realizar, empezando por seleccionar un plato y bebida únicos, para así compartir a través de una comida todos juntos.

 

Este inicio resultó complejo, pudiendo ver cuan difícil que catorce personas coincidieran en escoger un menú común a todos, apenas conformado por un plato y bebida iguales para cada uno. El tamal y chocolate caliente resultaron los elegidos por mayoría, siendo tres voluntarias quienes salieron a buscarles en las afueras del museo. Adentro quedamos los otros once, pasando a hacer arreglos con aquello que se diponia en el sitio. Conversábamos todos dando forma a la mesa, hasta que llegaron los tamales y el chocolate. Este fue preparado por dos de las asistentes, hasta servirlo conjuntamente con los tamales, prosiguiendo el encuentro y conscientes de haber hecho posible la escogencia unánime del menú que degustábamos, gracias al intercambio previo de puntos de vista.

 

Al mismo tiempo que disfrutábamos de la comida, conversamos de la necesidad de mediación ante los procesos de violencia vividos en el país durante hechos familiares a casi todos (guerrillas, muertes y agresiones durante muchos años en diferentes períodos de la violencia). Valiosas intervenciones de gran parte de los presentes, en especial de dos de ellos quienes habían tomado parte en la guerrilla y ahora estaban en "condición de desmovilizados". Interesantes por demás los aportes de las experiencias de nuestra convidante y facilitadora del encuentro y de un artista integrante del colectivo "Food of War". De allí que se hiciese hincapié en lo determinante de tratar estos temas mediante una comida, creando esperanza con el norte común para pacificar mediante el perdón entre las dos partes que por lo general involucran dicha clase de conflictos.

 

Realmente formamos parte de un gran performance, reviviendo una práctica que tuvo lugar durante la década de los '90. De manera armónica escuchamos los testimonios, vivencias y opiniones de casi todos, con los aportes sinceros y testimonios de hechos concretos. Los dos participantes, otrora activos dentro de la guerrilla, brindaron información vivencial que impresionó a buena parte de los presentes, conviniendo en la imperiosa necesidad de interceder y conciliar por el perdón de familiares de las víctimas y causantes de la muerte y violencia de éstas. Este elemento es fundamental para lograr una pacificación real, por medio del perdón verdadero, independientemente de los daños causados en las familias afectadas ante los hechos vividos, que toda vez ocurridos no pueden ser cambiados. De allí el hecho de interceder para buscar el perdón.

 

Sinceramente expreso en estas líneas lo especialmente conmovedor de dicho encuentro, que aun mantengo como si hubiese sido celebrado ayer. Se evidencia cuan esencial es sembrar el perdón en los dos grupos que por lo general constituyen las puntas de todo conflicto fundamentado en la violencia, para así sanar con el bálsamo del diálogo y la mediación las partes afectadas. De igual forma aprecio el instante en que fortuitamente fuí invitado y manifiesto el deseo de poder tomar parte en otros encuentros que tuvieren lugar, en aras del bienestar global.

 

Cordialmente,

Manuel Eduardo Aranguren