Cuando se me hizo la invitación no dimensioné muy bien los alcances de la idea, tampoco sabía muy bien quienes iban a asistir a la cena que muy amablemente Adriana organizaba. En principio me pareció interesante asistir a un encuentro con desconocidos quizás, o tal vez no, que estuvimos en un momento de la historia Colombiana en un espacio y en un tiempo determinado, desafortunado para nosotros y otras personas a quienes nos tocó vivirlo.

 

A la cena fueron llegando quizá un rostro conocido; otros totalmente desconocidos, pero siempre presente, la cara amable de Adriana, quien trataba de acompañar a cada uno de los asistentes con el fin de hacernos sentir lo mejor posible en un encuentro para escudriñar en el tiempo, recuerdos no muy agradables en su momento, pero que a fuerza de años se fueron transformando en meros recuerdos distantes y quizás olvidados para algunos. Siempre la incertidumbre estuvo presente a lo largo de la cena (y sus preparativos), la expectativa rondaba, y las preguntas surgían, todos quizá conocíamos la razón de la cena? Todos los que estábamos presentes estuvimos aquel día en las cabañas Kanwara? De qué manera vivimos cada uno de nosotros ese momento?

 

Lo cierto fue que la cena transcurrió en camaradería, risas, preparativos y complicidades, y quizás con la confidencia de uno que otro secreto culinario que cada uno de los asistentes pudimos llevarnos a casa. No supimos a ciencia cierta quienes fueron todos los que estuvimos allí y su relación con el evento en el que de alguna manera compartí con Adriana años atrás; si nos sentamos personas que vivieron el momento desde diferentes bandos no lo sé, lo que sé es que independiente de saber con certeza esa realidad, fue un momento en el que las situaciones acaecidas muchos años atrás posibilitaron compartir en el olvido y el perdón, estar nuevamente en el mismo espacio a algunos de nosotros, lejos de rencores, odios o apasionamientos mezquinos, tratando de construir desde una cena un nuevo comienzo para nuestro país con un grupo de personas de alguna manera vinculadas y unidas por la fuerza de la historia. Agradable fue al final y ya camino a coger el transporte que nos llevaría a cada una de nuestras casas, el conocer la esposa del policía asesinado ese trágico día por la FARC en el Municipio de Güican, ella quizá con más preguntas que revelaciones frente al momento vivido y tal vez con la incertidumbre que deja el traer a la mente recuerdos trágicos, difíciles de olvidar y que dejaron huellas imborrables en su familia.

 

Comensal de la primera en 1998 y de la segunda cena en 2015.